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Singer y Klimecki

Empatía y compasión no son dos grados de lo mismo: ante el mismo sufrimiento ajeno, pueden movilizar respuestas distintas.

La ficha en esencia

  • Quiénes son: Tania Singer, neurocientífica social alemana que dirigió el departamento de Neurociencia Social del Instituto Max Planck de Leipzig, y Olga Klimecki, psicóloga y neurocientífica, hoy en la Universidad de Ginebra.
  • Qué descubrieron: que resonar con el dolor de otro y cuidar de quien sufre no son dos grados de lo mismo — son patrones de activación y procesos parcialmente diferenciados, y se pueden medir por separado.
  • Su experimento: el estudio con neuroimagen del entrenamiento mental — resonar con el dolor ajeno activa regiones de procesamiento afectivo del dolor; entrenar el cuidado activa las de la afiliación y la recompensa.
  • Qué demostraron: que la resonancia repetida sin salida deriva en distrés empático — en términos divulgativos, un sufrimiento contagiado que quema y empuja a apartarse.
  • Su hallazgo más esperanzador: la compasión se entrena, y ese entrenamiento puede modificar los patrones de respuesta y reducir el distrés empático, favoreciendo una presencia más sostenida junto a quien sufre.
  • Por qué están en el Templo: los estudios de Neptuno las citan — quien siente el dolor del mundo puede ahogarse en él o aprender a acompañarlo.
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Quiénes son

Tania Singer es una neurocientífica social alemana que dirigió el departamento de Neurociencia Social del Instituto Max Planck de Ciencias Cognitivas y Cerebrales de Leipzig, pionera en el estudio de la empatía con neuroimagen y del entrenamiento mental a gran escala. Olga Klimecki, psicóloga y neurocientífica, investigó junto a ella los efectos del entrenamiento de la compasión y continuó esa línea de trabajo en la Universidad de Ginebra. Juntas firmaron en 2014, en Current Biology, el artículo que ordenó un campo entero: «Empathy and compassion».

Qué descubrieron

La distinción empíricamente medible entre empatía y compasión. Empatizar es resonar: sentir con el otro, hasta el punto de que el dolor ajeno activa en el cerebro regiones asociadas al procesamiento afectivo del propio dolor — no que la persona sienta literalmente el mismo dolor que la otra, sino que se activan patrones cerebrales relacionados. Cuando esa resonancia se repite sin salida, deriva en distrés empático: en términos divulgativos, un sufrimiento contagiado que agota, quema y empuja a apartarse. La compasión es otro camino: no comparte el sufrimiento, sino que responde a él con calidez, cuidado y motivación de ayudar — y se asocia a patrones de activación distintos, ligados a la afiliación y la recompensa.

Dos caminos ante el dolor de otro

Un mismo punto de partida, dos redes cerebrales, dos destinos distintos.

Cómo se lee: arriba, lo que ven todos por igual; en el centro, las dos rutas que se abren desde ahí, cada una con su red cerebral y su desenlace; la flecha marca hacia dónde trabaja la práctica.

Ante el mismo dolor ajeno se abren dos rutas — y hay práctica para pasar de una a otra.

Por qué está en el Templo

Los estudios de la ficha de Neptuno citan a Singer y Klimecki porque su trabajo pone datos al dilema neptuniano: quien siente el dolor del mundo puede ahogarse en él o puede aprender a acompañarlo. La empatía puede asociarse a distrés cuando se prolonga sin salida; el entrenamiento compasivo, en cambio, se asocia a respuestas más afiliativas y prosociales. Sus estudios sugieren que es posible entrenar una respuesta que acompañe el sufrimiento sin quedar atrapado en él — no que exista una fórmula garantizada, sino una dirección entrenable. La sensibilidad puede absorber el sufrimiento o aprender a acompañarlo.

En el Templo